



GRECIA:


ITALIA:
En el año 2004, la Comisión Europea presentó un ambicioso proyecto destinado a reforzar las relaciones de la UE con sus vecinos sin que estos acuerdos supusieran una perspectiva de adhesión. Esta política nace del “interés de la UE en estar rodeada por países prósperos y estables, ya que apoyar el desarrollo político y económico de los países vecinos es la mejor garantía de paz, seguridad y prosperidad a largo plazo”.La “primavera árabe” ha protagonizado la revisión de la Política Europea de Vecindad, cuyas nuevas líneas maestras fueron presentadas a finales del mes de mayo por la Alta Representante de la Unión para la Política Exterior Catherine Ashton. La nueva dimensión de las relaciones de la UE con sus vecinos hace un mayor hincapié en los vecinos del Este. Es aquí cuando entra en juego un nuevo factor: la energía.



Titulo este post de manera homónima a la serie que Gomaespuma realiza para la Comisión Europea en España sobre los logros de la UE. Una Unión Europea que atraviesa uno de los momentos más complicados de su historia.
José Ignacio Torreblanca, en su reportaje del suplemento “Domingo” de El País, realiza un retrato inquietante de la situación actual en que se halla la UE y una perspectiva desalentadora en cuanto al futuro del proyecto europeo. Porque desde la crisis institucional que provocó el rechazo francés y holandés a la Constitución Europea Bruselas no ha levantado cabeza.
Se intentó salvar el mensaje aunando todos los contenidos en el Tratado de Lisboa. Pero aunque recogiera prácticamente el 90% de la sustancia de la Constitución fallida, el Tratado no dejó de ser un paso hacia delante de bajo perfil y a marchas forzadas. Objetivos ambiciosos que preveían los mecanismos necesarios y que sin embargo han conseguido el resultado opuesto al esperado. El mundo sigue sin saber a quién tiene que llamar cuando quiere hablar con la Unión Europea y la maquinaria puesta en marcha por el servicio diplomático europeo no ha servido más que para emitir un comunicado tras otro, cada uno más ambiguo que el anterior.
Es reconocida la buena labor desempeñada por el presidente permanente del Consejo Europeo, Herman Van Rompuy a puerta cerrada y notorios sus éxitos de mediación entre los líderes europeos para alcanzar acuerdos. Y nadie cuestiona la apretadísima agenda de la Alta Representante de la Unión para la Política Exterior, Catherine Ashton, reuniéndose cada semana con los principales líderes mundiales y viajando allí donde se encuentra la actualidad. El problema es que nuevamente nos encontramos con ambiciosos objetivos a los que se da un perfil bajo. Ni Van Rompuy ni Ashton son amantes de acaparar los titulares de los periódicos; a los dos les gusta trabajar en los despachos y son ajenos a mensajes gancho electoralistas. Quizá porque su puesto no depende del voto de los ciudadanos. Quizá porque el resto de presidentes sean los que quieren aparecer en la foto. Y esa cualidad es digna de aplauso, pero como en todo, la virtud está en el punto medio.
Tras la Segunda Guerra Mundial, el Viejo continente dio al mundo una lección de entendimiento y comprensión mutua. Europa demostró que es posible aprender de la historia; que sólo analizando el pasado podemos avanzar para ser mejores. Y es como se fue configurando un acervo comunitario espléndido que tras 61 años de historia parece tambalearse.
Poner en común la industria del carbón y el acero fue un paso importantísimo si lo ubicamos en la década de los 50 del siglo XX. Crecer basándose en la solidaridad ha dado a la UE un modo sui generis de entender la evolución de las sociedades. Hemos visto cómo los fondos de cohesión han ido ganando peso con el paso de los años, y la finalidad de la cohesión no es otra que trabajar por equiparar las regiones más pobres del continente a las más ricas; sin importar el país del que procedan. Crear un espacio aduanero común ha permitido el movimiento de bienes, servicios, capitales y personas sin trabas en un número importante de Estados que sólo hace décadas no mantenían ni relaciones diplomáticas. Ha permitido que Europa sea la principal receptora de productos de Europa con una política monetaria conjunta.
Esta reflexión fue publicada en Diario de Castilla - La Mancha, en versión reducida, el 20 de mayo de 2011:
El continente europeo está protagonizando un preocupante giro a la derecha que promete minar la prosperidad y las libertades de los europeos y lo que es peor, con su propio consentimiento.
El paro, la inmigración, la inseguridad y el nacionalismo son las principales bazas en las que se escudan los incipientes partidos populistas de ultraderecha europeos para arañar cuota de votos en las urnas en un contexto de crisis como el actual. En 2007, la UCD de Suiza arrasó en las urnas con cerca del 30% de los votos, convirtiéndose en el partido más votado del país. Suiza se enfrentará a unas nuevas elecciones el próximo otoño.
Los siempre admirados países nórdicos también saben de esto: en Suecia la ultraderecha obtuvo cerca del 6% de los votos en las elecciones de septiembre de 2010, y aunque el resto de partidos se negaran a contar con “Demócratas de Suecia” para formar gobierno, sí es cierto que logró representación en el Parlamento por primera vez. Más reciente y preocupante es el caso de Finlandia, donde los “Auténticos Finlandeses” de Timo Soini han pasado de de 5 a 39 diputados.
Por otra parte, Dinamarca, Letonia, Lituania, Eslovaquia, Eslovenia, Bulgaria y Grecia también han abierto sus Parlamentos a partidos de derecha populista.
Y no hay duda de que los partidos de derecha plasmarán sus campañas con tintes de la misma calaña para arañar voto a la ultraderecha, como ya está haciendo Sarkozy tras el auge en las encuestas de Marine Le Pen y su propuesta de sacar a Francia del Espacio Schengen. O como ya se ha hecho en Hungría, redactando una constitución decimonónica.
Como dice Lluís Bassets en su blog, “En el momento en que el mundo árabe intenta avanzar en una transición hacia la democracia, el mundo europeo pugna por una transición hacia el pasado, hacia aquella época de Europa en que se apagaron las luces”.
La crisis financiera internacional que azota a la Eurozona ha sido una oportunidad de oro para que las instituciones de la Unión Europea se hicieran más visibles y cercanas ante los ciudadanos. La siempre alejada Bruselas ha pasado a ocupar buena parte de los titulares y los europeos nos hemos dado cuenta de que sí era
verdad eso que nos decían de que lo que se decide en la UE afecta directamente en nuestras vidas.
El problema viene cuando los gobiernos nacionales utilizan como pretexto la frase: “esto viene de Bruselas” al verse obligados a tomar medidas impopulares. Bien cierto es que la Europa neoliberal de Merkel y Sarkozy ha tomado un rumbo muy distinto al que hubiera emprendido de estar liderada por políticos de otro color. Pero no nos engañemos: que nos hayamos visto obligados a optar por el neoliberalismo como salida a la crisis no se debe a Francia o Alemania. Se debe al resultado de unas elecciones europeas que empañaron de color azul todas las instituciones.
La desmedida atención mediática ha convertido a la UE en el centro de unas críticas feroces, cuestionándose incluso uno de sus mayores logros: el euro. Bien es cierto que sin gobernanza económica común, el e
uro seguirá siendo una realidad a medias, pero el debate ya está abierto. A este respecto, se han tomado medidas que han pasado muy desapercibidas pero que cambiarán el funcionamiento de las cosas (al menos, eso cabe esperar).
En este clima, la Unión ha seguido adelante con sus retos de crecimiento interno mediante la integración de Estonia en la zona euro en enero de 2011 y la fase final de las negociaciones de adhesión de Croacia. El país balcánico ya ha completado provisionalmente 28 de los 35 capítulos pendientes (entre ellos, el conflicto fronterizo con Eslovenia) y la Presidencia húngara se ha marcado el reto de cerrarlos todos durante este semestre, algo que la desafortunada Presidencia española ya se propuso en su día.
Surgen sin embargo nuevos reveses que preocupan a la órbita europea, y es un sentimiento de rechazo cada vez más palpable en la sociedad croata respecto de su adhesión. Mientras en 2006 el Eurobarómetro concluía que sólo el 25% de los croatas tenía una visión negativa de su entrada en la UE, el informe del Parlamento Europeo acoge con preocupación la evolución de esta tendencia, citando textualmente que en “el último estudio del Eurobarómetro, la mayoría de los ciudadanos croatas piensan que la adhesión de Croacia a la UE no será beneficiosa para el país”.
El último informe de progreso de la Comisión hace un balance minucioso de los esfuerzos de Croacia por avanzar rápidamente a la adhesión, pero antes tendrá que superar un referéndum popular y aquí las autoridades europeas y croatas tienen un importante trabajo que llevar a cabo para evitar el duro golpe que supondría un hipotético rechazo. Con todo, y como ha declarado el eurodiputado Hannes Swoboda, es probable que hasta 2013 no sea posible. Queda esperar que sea una adhesión menos tormentosa que la de Rumanía y Bulgaria, que han acabado por convertirse en los socios más problemáticos de la historia de la UE ya que, como tuve ocasión de escuchar en palabras del propio ex comisario de Ampliación, Olli Rehn (actual comisario de Asuntos Económicos), fue una adhesión precipitada y a marchas forzadas.
**Próximos pasos:
Finales de junio: Fecha estimada de conclusión de las negociaciones de adhesión con Croacia.
Finales de 2012: Fecha hasta la que podría extenderse la ratificación por parte de los 27 Estados miembros.
1 de enero de 2013: Posible entrada de Croacia sin no hay ningún imprevisto.
1 de enero de 2014: Adhesión en caso de que surjan problemas o retrasos. 2014: Próximas elecciones al Parlamento Europeo, en las que previsiblemente Croacia participará.
Pero lobbies, agrupaciones y ONG’s van mucho más allá, y están consiguiendo trasladar el debate a los más altos niveles. Ya no es una utopía hablar de una reducción de emisiones de hasta un 90% para 2050 (en relación a los niveles de 1990). O de un abastecimiento del 100% en energías renovables hacia mitad de siglo.
El cambio requerido para alcanzar tal fin supone un verdadero salto cualitativo. Muchos hablan de una nueva revolución industrial, una serie de cambios que impliquen algo parecido a lo ocurrido a finales del siglo XVIII en Europa. La economía baja en carbono, limpia, verde, respetuosa con el medio ambiente y con la biodiversidad requiere un cambio en prácticamente todas nuestras formas de vida. Nicholas Stern, ex economista jefe del Banco Mundial, declaró en una entrevista al diario El País que esta revolución “será mayor que la de la electricidad, los trenes, los coches y probablemente mayor que la de la información. Afectará a todos los sectores y creará una ola de innovación. Las revoluciones de los últimos 200 años necesitaron inversiones durante 30 o 40 años y esta será una de esas. Esta vez no podemos permitirnos retrasarlo”.
El desafío es mayúsculo. Europa es un continente heterogéneo, y la energía solar que puede producir España no es la misma que, por sus condiciones meteorológicas, puede producir Bélgica, del mismo modo que la energía eólica que produce Finlandia es, con mucho, superior a la que puede aspirar a producir Grecia. También hay problemas con países pequeños como Luxemburgo, que no tienen espacio material para instalar parques eólicos o plantas solares. Por ello, la Comisión Europea estudia la creación de redes inteligentes capaces de interconectar Europa: que la energía producida por el abundante sol en España se pueda trasmitir a Suecia sin problemas, de tal manera que se garantice el abastecimiento y se reduzca la dependencia de otros países como Rusia, que exporta un gas fundamental para los inviernos europeos.

La Comunidad Europea para la Energía Renovable (ERENE) es un proyecto encabezado por la ex comisaria europea de presupuesto, la alemana Michaele Schreyer que defiende la viabilidad de las renovables y la urgencia de acabar con la dependencia de Europa respecto de los recursos fósiles. ¿Es posible? Según la Red Eléctrica de España (REE), las energías renovables cubrieron en España el 35% de la demanda eléctrica. Es el año en que, por primera vez en la historia, España exportó luz a Francia.
El Consejo europeo lo ha dejado claro: “la revolución en los sistemas energéticos europeos debe comenzar ya”. Se trata, sin embargo, de una ardua tarea que requerirá una inversión que el comisario europeo de Energía ha cifrado en un trillón de euros para los 10 próximos años. Un esfuerzo presupuestario incalculable y la necesidad de atraer inversión privada en un momento difícil. Lo que no dudan los líderes europeos son las palabras del presidente norteamericano Barack Obama: “el país que sea capaz de desarrollar y comercializar con éxito energías limpias conseguirá el liderazgo en el siglo XXI”.
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*Fotos: ERENE y diario El País
La Unión Europea sigue enfatizando su apuesta por las energías renovables, y lo hace en un momento crucial para afianzar su credibilidad y su liderazgo. Los europeos presumieron de ser los más ambiciosos en los objetivos de reducción de emisiones en las cumbres mundiales del clima, pero es ahora cuando se va a decidir si todo era propaganda o si están realmente dispuestos a conseguir los objetivos marcados para el año 2020.
Los jefes de estado y de gobierno de los Veintisiete se han reunido en Bruselas en la primera cumbre energética de estas características, aunque ya hemos podido saber que la situación en Egipto y la crisis financiera internacional han quitado cierto protagonismo a la cuestión energética. Y en este contexto, merecen un apartado especial las últimas declaraciones del comisario de Energía, el alemán Günther Oettinger, que enfatizó que ha llegado el momento del “doble o nada”. A su juicio, y según los cálculos que ha realizado la Comisión, la actual inversión no es suficiente para conseguir un desarrollo potencial de las energías renovables que permitan alcanzar un 20% de cuota de energía procedente de estas fuentes en la próxima década. El comisario pidió un esfuerzo adicional a los Estados miembros y llamó a la financiación privada, para pasar de los actuales 35.000 millones a los 70.000. De lo contrario, el esfuerzo y el dinero empleado hasta ahora servirán francamente de poco.
El comisario afirma que de hacer algo, se hace en condiciones o no se hace. Y no le falta razón a Oettinger. A la UE se le cayó la cara de vergüenza cuando llegó el año 2010 y vio que no alcanzó ninguno de los objetivos que se había propuesto para esa fecha (dentro de la llamada ‘Estrategia de Lisboa’). Entre otras cosas, la estrategia pretendía convertir a Europa en la economía más competitiva del mundo, con bajas tasas de paro y alto nivel de escolarización e investigación científica. No hay más que mirar hoy a Europa para ver lo alejados que quedan esos objetivos de la realidad. El año pasado la Comisión formuló la ‘Estrategia 2020’, otro paquete de medidas que si bien es más realista no es por ello menos ambicioso y requerirá de una coordinación adecuada y una inversión comprometida.
La UE no se puede permitir otro fracaso de esa magnitud. En materia energética no se ha podido llegar, de momento, a un acuerdo vinculante en eficiencia energética. No se trata de trabajar en base a cifras y objetivos, como los planes quinquenales de la Unión Soviética, pero sí de establecer unos mínimos y un compromiso que aseguren reafirmar la apuesta europea por las renovables. Más que la construcción de costosos ‘super’ conductos que nos conecten a países de los que extraemos una fuente de energía que no perdurará para siempre y cuyo precio es muy inestable, se debería poner toda la carne en el asador para dotar al tan pobre en recursos naturales continente europeo de una energía limpia que elimine la dependencia de terceros países.
Pero la pregunta es: ¿se llegará al ambicioso objetivo de alcanzar un 100% de consumo en renovables a partir de 2050, como muchos ambicionan? ¿Están realmente preparadas las renovables para satisfacer las necesidades energéticas de un continente tan industrializado y consumista?

Los acontecimientos vividos en el Magreb, una ola de cambio en el mundo árabe impulsada por el pueblo, harto de ver el acomodo de las clases políticas y sus autoritarios líderes jurásicos como el tunecino Ben Alí o el egipcio Mubarak, ha puesto en el punto de mira una vez más la inacción de la Unión Europea en una región con la que se ha esforzado en mantener buenas relaciones.
La Alta Representante de la Unión para la política exterior sigue sufriendo un limitado margen de actuación, pero eso no supone excusa alguna para no haber empujado a los responsables de las carteras de Exteriores del resto de Estados miembros a actuar para que la UE lidere el apoyo a una transición democrática en los países árabes que están experimentando revueltas populares.
El artículo del domingo 30 de enero del corresponsal del diario El País en Bruselas, Ricardo Martínez de Rituerto critica abiertamente a Catherine Ashton, en unas palabras que reproduzco a continuación:
“El llamamiento lo hicieron conjuntamente los líderes de Alemania, Francia y Reino Unido, dejando bien claro quiénes marcan el rumbo en Europa y arrojando luz sobre la paupérrima función y personalidad de Catherine Ashton, formalmente responsable de la política exterior de la Unión”. (…) “Ashton produjo el viernes un comunicado marcado con la blandura inherente a su posición, siempre de observadora,
Preocupante análisis al que, sin embargo, no le falta razón.
Las altas esferas de la UE deben preguntarse sobre lo que pasa, hacer autocrítica y cambiar el modus operandi para el futuro. Este problema puede traducirse en un sentimiento de rechazo por parte de la población magrebí y una ola de antieuropeísmo en la zona al interpretar que sus vecinos del norte han hecho la vista gorda durante años a sus gobiernos autoritarios, con los que han firmado acuerdos de asociación ventajosos, y han mantenido el silencio cuando el pueblo ha reclamado reformas.

Un nubarrón turbio y gris se cierne sobre la Unión Europea en uno de los momentos más complicados de su historia. La crisis financiera internacional se está convirtiendo en una amenaza que ha llegado incluso a plantear la conveniencia de su desaparición.
Las grandes estructuras transnacionales no están hechas para perdurar eternamente. Ni los grandes imperios del siglo XIX, ni tan siquiera la Unión Soviética pudieron sobrevivir al paso de los años. Pero todavía no le ha llegado el momento a la UE. Más bien al contrario, las estructuras comunitarias deben aprovechar esta crisis para salir más reforzadas que nunca. Los Estados miembros tienen una lección muy importante que aprender, una lección que les ha hecho observar la pérdida de relevancia en un mundo globalizado en el que sólo la acción conjunta les puede salvar de la quema en la hoguera.
El euro, si bien atrajo todo tipo de halagos a los pocos años de vida, se ve en este momento herido gravemente. Más cuestionado que nunca.
Los mercados han acosado terriblemente los focos más débiles de la Eurozona. Primero, sometiendo a una presión insostenible a Grecia, cuyo gobierno se vio obligado a reconocer que había falseado cifras y estadísticas relativas al crecimiento de su economía y al déficit del país. Los conservadores tuvieron que anticipar las elecciones, y los ciudadanos encargaron al gobierno socialista la difícil misión de encauzar el país a la senda de la supervivencia. Esos mismos ciudadanos que han tenido que encarar un durísimo bloque de reformas impuestas por un FMI y una UE que han seguido la doctrina neoliberal más agresiva.
Pero las aguas, lejos de calmarse, fueron invadiendo la pequeña isla irlandesa. El tigre celta no ha podido más que maullar levemente ante el acoso y derribo de los mercados, que focalizaron toda su atención en Dublín. Puede que esta crisis económica también se lleve por delante al Gobierno de Cowen, que ya ha anunciado su intención de convocar elecciones anticipadas. Los ciudadanos irlandeses ya se han despertado con la noticia de que su calidad de vida no va a ser la misma a la de hace tan sólo un par de años.
Los mercados ya han obtenido la respuesta que esperaban de la UE y del FMI, y lejos de saciarse, dirigen su voraz apetito hacia la península Ibérica. Salir de esta crisis no es pactar medidas que dilapiden lo conseguido durante siglos de lucha obrera y bienestar social. Es cambiar los cimientos de un sistema despiadado y ruin que se basa en la especulación y la rumorología.
Las expulsiones de gitanos rumanos y búlgaros de Francia han provocado, aunque tarde y mal, la irritación de la comisaria de Justicia, Derechos Fundamentales y Ciudadanía, Viviane Reding.
La vicepresidenta segunda del Ejecutivo comunitario empezó su mandato preocupada por la tendencia cada vez más pujante de la renuncia a las libertades individuales por pretextos de seguridad ciudadana. La instalación de cámaras en determinadas vías públicas o el debate de los escáneres corporales en los aeropuertos no son sino muestras de cómo los Gobiernos están invadiendo ámbitos privados de la vida de cada persona. Europa siempre se ha caracterizado por no ir tan lejos como Estados Unidos en esta cuestión, pero la oleada de gobiernos de derechas en la mayor parte del continente ha ido cambiando esta particularidad europea de que los ciudadanos no estén dispuestos a ceder a todo con el pretexto de que están siendo protegidos de posibles acciones terroristas.
Reding inició su mandato con la siguiente afirmación: “No permitiremos que nadie dicte normas que vayan contra nuestros derechos fundamentales bajo el pretexto de la lucha contra el terrorismo. Nuestras necesidades de seguridad no justifican ninguna violación de la privacidad”.
Lo que seguramente no preveía es que su mandato iba a estar marcado por el debate del racismo y la xenofobia. Silvio Berlusconi y Nicolas Sarkozy, presidentes ambos de Estados fundadores de la UE, no han escondido sus recelos hacia la etnia gitana y a la población inmigrante residente en sus países. Y lejos de trabajar por estrategias de integración, se han dedicado a estudiar el derecho comunitario para encontrar la forma legal de expulsarlos. Afortunada y obviamente, no hay resquicio legal alguno en los Tratados de la Unión Europea que prevea tal cosa. Y sin más, han actuado sin que les tiemble el pulso y sin cargo de conciencia alguno.
A la Comisión Europea, como gobierno comunitario y motor de la integración, no debe temblarle la mano cuando se llevan a cabo acciones de tal calibre. Y falló por su ambigüedad con Francia, cuando vimos a un Barroso con la cabeza gacha obligado a reaccionar pero sin querer incomodar a Sarkozy. Pero la luxemburguesa Reding ha sido más tajante al calificar de "vergüenza" la maniobra llevaba a cabo por el Elíseo.
"En Europa no hay lugar para la discriminación sobre bases de origen étnico o racial", apostilló Reding. "Se me está acabando la paciencia. Ya está bien". "Estoy personalmente convencida de que a la Comisión no le quedará otra salida que iniciar un procedimiento de infracción contra Francia".
Lo que más se le ha criticado fue la alusión a los tiempos del nazismo, cuando dijo que las expulsiones de minorías son un episodio que "Europa no tendría que volver a ver tras la II Guerra Mundial".
Europa debe estar preparada para hablar sin pelos en la lengua. Hay pocos precedentes de un "conflicto" tan abierto entre organismos comunitarios y Estados miembros. Al fin y al cabo, el debate público alimenta el proceso democrático.

Poco a poco, la Unión Europea va dotándose de mayor dinamismo democrático y de instrumentos que la convierten cada vez más en una macroestructura transnacional. Fruto de esta evolución surge el primer debate sobre el estado de la Unión, un ejercicio necesario de intercambio de opiniones que no fue demasiado fructífero pero que sirvió para
despertar la atención de los medios y profundizar en el debate sobre qué es la UE y hacia dónde va.
Quien conoce la figura de José Manuel Barroso como presidente de la Comisión Europea esperará un discurso repleto de utopías y buenas palabras que nunca pondrá en evidencia a Francia ni a Alemania. Es por ello que no sorprendió que no echara una reprimenda directa a Sarkozy por el vergonzoso asunto de las expulsiones de gitanos en Francia, pero sí deja mucho que desear que el presidente del Ejecutivo comunitario no dé la cara en un momento en que la UE debe mostrar firmeza.
De nada servirá hablar de “los valores europeos” y de la defensa de los mismos si no se toman determinaciones arriesgadas. Bien es cierto que Barroso le debe su puesto en gran medida al presidente francés, que apostó por su candidatura junto a Merkel y le refrendaron para un segundo mandato. Pero el portugués ya le devolvió el favor a Sarko concediendo a Francia la cartera de Mercado Interior y al rumano Ciolos la de Agricultura (algo por lo que se presionaba desde París). Fue curiosamente un alemán, Martin Schulz del grupo socialista, quien más criticó la “integobernabilidad” de Francia y Alemania en la UE.
La trascendencia pública de Barroso es, de momento, mayor que la del presidente estable del Consejo europeo, Herman Van Rompuy. La Comisión Europea es la encargada de poner en su sitio a un Estado miembro cuando éste se salta la normativa comunitaria. En este caso, lo más atrevido que salió de su discurso fue que “el racismo y la xenofobia no tienen cabida en Europa”.
Todos los grupos políticos representados en la Eurocámara, excepto el Partido Popular Europeo, recriminaron la falta de autoridad de la Comisión en este asunto. Afortunadamente, acertaron en sus críticas, que fueron especialmente duras y que Barroso apenas se molestó en rebatir.
Otra de las cuestiones que mayor preocupación suscitó fue el creciente despego de los ciudadanos europeos hacia la Unión Europea. Se habló por ello de la necesidad de ejecutar unos presupuestos que apuesten por reducir las disparidades sociales y repercutan en resultados tangibles.
La pérdida de relevancia en el mundo fue otra de las grandes cuestiones al analizar el Tratado de Lisboa, del que se esperaba que la UE saliera reforzada en la escena internacional. Lo que cuentan, sin embargo, son los hechos: mientras que la UE es el primer donante en ayuda económica a la Autoridad Palestina y en materia de cooperación en Oriente Próximo, no ocupa una silla en las mesas de negociaciones para la solución del conflicto palestino-israelí. Algo francamente decepcionante y que no cambiará a menos que los grandes de la UE, especialmente Francia, Alemania y Reino Unido renuncien a su protagonismo particular y apuesten por una voz en común.
Los eurodiputados están francamente vinculados con el proyecto europeo. Seguro que ejercicios de debate como el vivido el pasado martes en Estrasburgo aportarán cosas positivas para el futuro desarrollo de la UE.
En la presentación de Conocerás al hombre de tus sueños, su película número 41, Woody Allen hizo una rueda de prensa cargada de contenido filosófico. Es lo que le hace tan grande y tan peculiar a la vez, y es lo que se empeña en reflejar en sus películas después de tantos años de escribir guiones y rodar con pasión.
La crisis económica que atraviesa la Unión Europea ha provocado un freno a la inversión y al gasto público en la gran mayoría de los Estados miembros. La prioridad de reducir el déficit ha pasado a primer plano, lo que ha provocado recortes históricos que muchos analistas definen como incompatibles para dar el salto necesario a la sociedad del conocimiento y, en el caso concreto de España, a la creación de un modelo de crecimiento que no esté basado en el ladrillo.
En este momento económico complicado es cuando la UE necesita de más recursos para alcanzar sus objetivos de cara al año 2020, una meta que se toma desde Bruselas como un reto personal después de que la Estrategia de Lisboa (que marcaba una serie de metas para 2010) fracasara estrepitosamente.
El Séptimo Programa Marco es la herramienta de la UE para financiar la investigación, con una duración de 7 años (programado hasta el año 2013, cuando entrará en marcha el Octavo Programa Marco). Es un programa específico destinado a hacer realidad eso de lo que tanto hablan los políticos, una idea que parece que tienen clara y un objetivo que siempre dicen pretender alcanzar pero en el que la aportación de ideas e iniciativas brilla por su ausencia.
Bruselas responde con hechos y respalda con decisiones concretas esas palabras, muchas veces vacías, de los líderes nacionales. Dicho de otra manera: a veces es la única que tira del carro. Cuando casi todos los políticos están pensando en las vacaciones y reducen sus agendas y su carga de trabajo en esta fecha del año, la Comisión ha presentado un complejo plan de acción de 6.400 millones de euros.
Se trata de la mayor inversión europea de la historia en investigación e innovación. Subvenciones que se concederán mediante invitaciones a licitar que se ejecutarán en los próximos 14 meses y que van destinadas a crear más de 165.000 puestos de trabajo apostando por las Tecnologías de la información y la comunicación, la eficiencia energética, universidades e industria, y con vocación de que todos estos proyectos los desarrollen las PYMES, que constituyen el 99% de todas las empresas europeas.
La Unión Europea tiene ministra de Asuntos Exteriores desde diciembre de 2009. Lo es, aunque por presiones de algunos países se le haya tenido que dar un nombre descafeinado que ha desconcertado a la comunidad internacional. Pero sin entrar en polémicas de nombre del cargo de la ‘Alta Representante de la Unión Europea para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad’, y a 8 meses vista desde que estrenó su despacho, ha sido francamente decepcionante su labor como jefa de la diplomacia europea.
En un principio pareció que su talante discreto daría como fruto un trabajo eficiente y algunos logros sin necesidad de titulares ni portadas. Pero la mayoría de sus intervenciones han sido escuetos comunicados a reacciones de la política mundial que se han publicado poco más que en la web de la Presidencia de turno de la UE.
Siendo justos, hay que reconocer que no todo es culpa suya: la Unión Europea ha perdido peso en la escena internacional y hacerte oír en un mundo en el que nadie te mira para tomar las grandes decisiones es tarea ardua para cualquiera.
Para que su mando empiece a tomar forma tendrá que entrar en funcionamiento el Servicio de Acción Exterior para que el que la UE ha previsto una gran cantidad de millones de euros en una de las etapas económicas más complicadas de su historia.
La UE necesita una diplomacia estructurada y coordinada, con una sola voz y que se mantenga activa y luchadora. Que no repare en energías para hacer que se le escuche y quizá una retórica más atrevida que se salga de las complicadas construcciones gramaticales para ir directa al grano. Todo ello para asegurar que ese dineral que tanta falta le hace a Europa en estos momentos se va a emplear para conseguir resultados.